Tenemos una gran oportunidad

“Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropa. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra, es la guerra espiritual. Nuestra gran depresión, es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día, seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos y, poco a poco, lo entendemos. Lo que hace que estemos muy cabreados.” Chuck Palahniuk describía así a una generación que estaba viviendo los felices años 90 en su Club de la Lucha (1996). Más de veinte años después, la humanidad (particularmente Occidente) vive un nuevo episodio de shock con la pandemia del COVID-19 y seguimos cabreados.

A lo largo de las dos últimas décadas, la sociedad ha visto delante de sus ojos el 11-S de Nueva York, el 11-M de Madrid, el 7-J de Reino Unido, guerras de Afganistán e Irak, el huracán Katrina de 2005, la Gran Recesión económica de 2008, el brote de cólera en Haití en 2010, la epidemia del ébola de 2014, el virus Zika en Latinoamérica, los numerosos atentados del Estado islámico como los de París (2015) o Barcelona (2017), la amenaza constante de una nueva crisis financiera, etc. Todos estos sucesos que conmocionaron a la humanidad, chocan de pleno con la descripción de Palahniuk de que no hemos sufrido una gran guerra o una depresión. Sin embargo, seguimos desperdiciando potencial.

Los eventos citados son de naturaleza distinta (crisis sanitarias, económicas, bélicas, religiosas, etc) pero tienen un denominador común que son crisis, y todas ellas se aproximan a las diferentes fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No seré yo quién diseccione dichas etapas en clave psicológica, ya que ello conlleva un examen personal de interiorización de cada uno. Sin embargo, se puede observar como a nivel sociológico, económico y político se aproximan a ellas.

Muchas han sido las preguntas que se han formulado en relación al COVID-19: ¿cuándo pasaremos esta pandemia?, ¿habrá una nueva crisis económica?, ¿será el final de la Unión Europea?, ¿es el inicio oficial de una nueva Guerra Fría entre China y EEUU?, ¿será esta la oportunidad definitiva para Occidente de dejar darle la espalda al resto de civilizaciones?, … La combinación de respuestas es infinita: diferentes soluciones sanitarias (movilidad completa, reducida, restringida, etc), políticas keynesianistas o liberales, la desmembración de las actuales organizaciones supranacionales, el más que probable comienzo de una carrera de inversión en I+d+i de los diferentes países, etc. No obstante, la última fase de este proceso de duelo es la de la aceptación. Todo seguirá igual dentro del caos.

¿Cómo podemos romper este ciclo? El trasfondo es un problema de ética, moral y civismo que son la base para articular las posibles soluciones en clave de política y gestión pública (ya sea a nivel colectivo como individual). Desde los bancos centrales, pasando por los gobiernos hasta los ciudadanos de a pie, nos enfrentaremos a la pérdida o ganancia de las libertades individuales con el objetivo de preservar el bienestar colectivo. Pero nos cuesta romperlo. Nos está costando desde el año 2008 especialmente.

Hay que dejar muy claro que es muy difícil predecir el futuro. En mi humilde caso, no pretendo hacerlo aunque si se pueden dar unas cuantas pinceladas de los posibles escenarios que vienen.

  • En los Estados miembros de la UE, donde más está afectando el coronavirus, es posible que se enfrenten a una futura inflación monetaria. Cuando hay aumento de emisión de moneda por parte del BCE, se produce una subida exponencial de los precios, especialmente en los bienes (productos) que nos ayudarán a prever otra crisis sanitaria (jabón desinfectante de manos, guantes de látex, mascarillas, productos de limpieza del hogar e higiene personal, papel higiénico, etc). Esto a su vez, produce una disminución del poder adquisitivo del ciudadano, quién se enfrentará a una reducción en el valor de su dinero y a una mayor precariedad laboral.
  • Hay que tener en cuenta la tradición europea por la política en clave de Estado de Bienestar. Dicha perspectiva en relación con la descripción de precios/costes que se tendrán que asumir para mejorar la sanidad pública, repercutirá en un vuelco de ajustes presupuestarios públicos que afectarán directamente al contribuyente.
  • No será hasta el año 2021 cuando veremos la incidencia real de una posible inflación subyacente (en relación a los bienes y servicios que estén ligados a la sanidad). Esto es, dependiendo de cómo haya subido el coste de vida de las personas, el tipo de inflación será de un modo u otro (moderada o galopante). Algunos de los posibles efectos son la bajada del valor del dinero, los ciudadanos consumirán productos de primera necesidad en mayor porcentaje que actualmente, pero sobretodo, la gente gastará su dinero de una forma más rápida. En otras palabras, el clima de desconfianza será generalizado dentro de esta hipótesis. Una buena toma de contacto para analizar la inflación, será EEUU debido a su sistema de codependencia con la Reserva Federal. Mucho más clara y concisa que el sistema de vasos comunicantes del BCE y sus Estados miembros.
  • Otra de las hipótesis es la deflación que puede ser primaria o una consecuencia de una inflación previa. Esto es, una bajada de los precios de los bienes y servicios debido al descenso de demanda de las personas. En otras palabras, la gente como tendrá menos dinero y poder adquisitivo, no tendrán tanto margen para gastar. Esto conllevará a un exceso de la oferta.
  • Nos enfrentaríamos al clásico círculo vicioso de la deflación: baja la demanda, bajan los beneficios de las empresas, los precios también disminuyen porque las empresas quieren minimizar su pérdida de ventas, descenso en los costes de producción porque hay menos ventas, se minimizan costes a través del descenso de empleos, como hay descenso de empleo baja el poder adquisitivo. Regresando al punto de partida que es una demanda baja.
  • Si partimos de esa premisa, se producirían similitudes con la gran recesión de 2008: mayor desigualdad social y de riqueza, más beneficios para los acreedores (BCE, Reserva Federal, etc), más dificultades para los deudores (Gobiernos y sus respectivas deudas públicas).
  • Una de las claves será cómo se gestionará el IPC y evitar un desfase en los precios que sea insalvable para las personas a la hora de adquirir productos. Aquí está el eterno debate entre los keynesianistas y anarcocapitalistas de cómo conseguirlo: a través de una inyección de dinero público para crear empleo (ya sea público o privado) que genere más renta o mediante el estímulo de la demanda mediante una bajada de los precios y los impuestos.

Una vez más nos encontramos ante una crisis (sanitaria en este caso) que pone de relieve el debate entre dos modelos antagónicos de cómo se puede resolver. Dos modelos que tienen profundas raíces éticas, morales y religiosas de cómo interpretar la libertad: individual o colectiva, positiva o negativa, … Una vez más nos encontramos con el debate entre solidaridad o individualismo, entre Estado-nación u organizaciones supranacionales, entre relaciones bilaterales o multilaterales. Una vez más nos encontramos con el debate de los medios de comunicación de transmitir o alarmar y de información u omisión. Esta es una gran oportunidad para aprovechar nuestro potencial. Lo advirtió Bill Gates en 2015, las nuevas guerras serán de microbios. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nosotros somos la propia guerra y la depresión. Entender esto, será el primer paso para comenzar a aprovechar nuestro potencial.