Este 2016, que está a punto de finalizar, pasará a la historia como el año en que tuvieron lugar los primeros grandes éxitos de la derecha alternativa en Occidente. Así, a la primera salida de un estado miembro de la UE -Reino Unido-, sustentada por sus principales defensores en los efectos considerados nocivos de la globalización, se le suma la primera victoria de un candidato presidencial, en Estados Unidos, que desconfía fuertemente de las supuestas bondades, en la esfera demográfica y económica, del fenómeno mundializador. A estos datos, debemos añadir el hecho de que en 2017 el Frente Nacional puede alcanzar el Elíseo o que el populista islamófobo Wilders puede lograr el mismo objetivo en Países Bajos, lo que conduciría, entre otros aspectos, a la convocatoria de un nuevo referéndum de permanencia en el club comunitario. Asimismo, Alternativa para Alemania amenaza la hegemonía de Merkel justo meses antes de las elecciones federales que tendrán lugar el próximo año. Y finalmente, en el capítulo de los fracasos pero a las puertas del éxito, no debemos olvidar que Hofer (FPÖ) estuvo a punto de lograr este año la presidencia de Austria.

Como podemos observar, el auge de la derecha renovadora no es un fenómeno aislado y, como ideología en sí, no es homogénea. En todo caso, presenta como rasgos comunes un claro nacionalismo de Estado más la defensa de la desigualdad dentro de unos parámetros populistas. Dentro de estos últimos, podemos resaltar: la informalidad del discurso, el antiintelectualismo, la proximidad física y discursiva hacia el oyente, la dureza en el lenguaje contra el enemigo, la defensa de los intereses del “pueblo” o la apelación a las emociones “fáciles”, en este caso, contra la inmigración ilegal y contra el considerado exceso de extranjeros regularizados, en oposición a la competencia “desleal” de compañías privadas no locales y contra los supuestos privilegios e hipocresía del “establishment” económico y político.

En el plano de las diferencias, se encuentran, dentro de las tendientes más influyentes, la neoconservadora aislacionista y la social-patriota. La primera es sostenida por la “ultraderecha” anglosajona (republicanos trumpistas y UKIP), quienes preconizan la consecución de unos EE.UU. y RU proteccionistas en lo económico, mínimamente intervencionistas en lo militar y, al igual que el neoconservadurismo aperturista (asociado a las políticas de Reagan o de los dos Bush ex- presidentes), posee un claro individualismo socioeconómico, receloso del “government”, de base protestante.

Por su parte, los social-patriotas predominan en la Europa continental y son también nacionalistas en el plano comercial, pero intervencionistas socializantes en asuntos de política económica. Este último elemento responde, entre otros elementos, a una tradición histórico-jurídica bastante más estatista desde el punto de vista de la arquitectura institucional de esos estados, imperante desde la Edad Moderna.

El crecimiento electoral y social de las organizaciones partidistas denominadas social y mediáticamente de “extrema derecha” (solo incluyo de este grupo en este espectro y dudosamente al neoconservadurismo trumpista) ha dado lugar a una nueva expansión del discurso antiglobalizador desde una óptica desigualitaria, a diferencia de lo que ocurría a comienzos de la década de 2000, cuando tenía lugar el apogeo de un Movimiento Antiglobalización dentro del que buena parte de sus miembros ha profesado una ideología altermundista. Si tenemos en cuenta que los partidos a la izquierda de la socialdemocracia también han sido críticos con la mundialización, hasta hoy en día este fenómeno se asociaba mayoritariamente al espectro político rojo.

¿Y cuáles son las causas del desarrollo de la derecha “antiestablishment” en muchos países occidentales? En primer lugar, el aumento del desempleo, como resultado de la “Gran Recesión” -en los países de la OCDE era de 5,6% en abril de 2008 y ascendió hasta el 8,1% en enero de 2013; de acuerdo con los datos de esta organización-, ha dado lugar a un notable aumento de los movimientos migratorios a los países de mayor PIB de ciudadanos procedentes de España y de países de nuestro entorno con peores niveles salariales y mayores tasas de paro, especialmente, la Europa eslava y del sur, respectivamente. Así, de acuerdo con la OCDE, entre 2009 y 2011 se produjo una progresión del 45% de migrantes de esas zonas. Consecuentemente, numerosos ciudadanos oriundos de los países más pudientes ven a los extranjeros como competidores laborales, de entre los cuales muchos de estos últimos desempeñan puestos que “deberían” ser ocupados por nacionales.

Por otro lado, los recortes en el Estado del Bienestar ejecutados por gobiernos conservadores y socialdemócratas europeos ha influido en el aumento del número de pobres (en 7,5 millones entre 2009 y 2013; según Oxfam Intermón). Los social-patriotas han aprovechado esta situación criticando por ello duramente a los distintos gobiernos convencionales.

Asociado a los elementos anteriores se posiciona la reacción identitaria. De esta forma, vivimos en una etapa sociológica neofordista de constantes movimientos de personas y capitales a causa del desarrollo tecnológico y económico, así como de la liberalización jurídica (deslocalización de empresas); a las que se suman las mencionadas de naturaleza socioeconómica. En este contexto los estados nacionales ocupan un rol más secundario que el que ocupaba antaño y, en el caso específico comunitario, aún más, al ser la Unión Europea un ente transnacional de integración donde impera el principio de primacía y cuyo ejercicio se basa en la cesión de soberanía de los veintiocho. Si, a mayores, tenemos en cuenta que la UE transmite constantemente una imagen pública de constante desacuerdo y que sus empleados públicos (sobre todo, sus cargos) gozan de unas prerrogativas económicas inalcanzables para la gran mayoría de los ciudadanos, la consecuencia lógica de todo este encadenamiento sociológico y normativo es una exaltación estatalista-nacionalista en una parte importante de los habitantes de Occidente.

Dentro de esta sociedad del riesgo, denominada así por el sociólogo Ulrich Beck, no nos podemos olvidar de la cuestión “yihadista” y de la crisis de los refugiados sirios, que ha influido en el aumento de la islamofobia en los países de nuestra civilización. Por ejemplo, en Francia se multiplicaron por seis los ataques a ciudadanos o entidades musulmanas tras los atentados de París de 2015, de acuerdo con la Comisión de Libertades Civiles de la Eurocámara.

En quinto lugar, como resultado de la extensión de internet, debemos considerar la aparición de la prensa digital políticamente no convencional, así como de las redes sociales. Ambos son instrumentos cuyos contenidos y líneas editoriales son muy difíciles de controlar por las élites políticas y económicas. Paralelamente, ello también ha beneficiado, como es lógico, a la izquierda rupturista.

En conclusión, es difícil que el auge del populismo de derechas se traduzca en grandes éxitos electorales, exceptuando casos aislados como el de Trump, pero sí puede influir puntualmente en asuntos puntuales -véase el referéndum británico del 23-J- o en la “lepenización” de los discursos de políticos “mainstream” (Cameron o Fillon); lo cual puede desembocar, en el plano axiológico, en un cambio político-cultural (apogeo de valores de corte más estatalista y nacionalista o, en mayor o menor medida, xenófobos) y, desde una perspectiva normativa, en el freno al movimiento de mercancías y de personas físicas y jurídicas. La paradoja aquí estaría en la derecha neoconservadora, ya que su vertiente aperturista impulsó en los años 80 en el mundo la liberalización jurídico-laboral y mercantil posfordista, y es su ala aislacionista una de las más firmes detractoras.