El Cartel de Phoebus y la Gran Depresión empujaron a las empresas a implementar la obsolescencia programada en sus productos, pero... ¿qué medidas se están tomando?

Mucho se habla en los últimos tiempos sobre la famosa obsolescencia programada de los productos tecnológicos que utilizamos en nuestra vida cotidiana. Una obsolescencia innecesaria para el consumidor, pero totalmente necesaria para los fabricantes y su insaciable apetito de incrementar sus ventas.

¿Qué es la obsolescencia programada?

La obsolescencia programada es una forma que tiene el fabricante de decidir de antemano la vida útil que tiene un producto. Una vez finalizada la vida útil, el producto quedará inservible y estarás obligado a adquirir un nuevo reemplazo.

En otras palabras, si por ejemplo tu lavadora no tuviese averías, o fuese muy fácil de reparar, las ventas del fabricante podría verse en un compromiso ya que llegado cierto momento, las ventas serían mínimas y eso sería un grave problema para la supervivencia del negocio.

Esta obsolescencia no sólo afecta a la tecnología, sino también a medicinas, a las semillas genéticamente modificadas (no crecen más después de una cosecha), a la alimentación, a la moda, etc…

¿Dónde nace la idea de la obsolescencia programada?
Lo que marcó el comienzo de esta práctica fueron dos hechos:

-El cartel de Phoebus: Un cartel creado por Osram, Philips y General Electric en 1924, para crear bombillas menos resistentes con una duración estimada de 1000 horas. Las ventas de estas empresas no dejaban de caer, ya que nadie reemplazaba sus bombillas: en 1922, Osram vendió 63 millones de bombillas, y al año siguiente vendería sólo 28 millones.

-La Gran Depresión: En 1932, un famoso inversor llamado Bernard London publicó un informe llamado “Finalización de la Depresión a través de la obsolescencia programada”, en un intento para revivir la economía y generar ingresos. Brook Stevens hablaría también de la necesidad de crear un deseo de consumismo, para generar la idea de la “necesidad de comprar por comprar” en la sociedad.

La receta parece que funcionó, y desde luego que se sigue aplicando a día de hoy como forma de éxito. Si no, echa un ojo a esta noticia de una pareja que estuvo durante 55 años usando la misma secadora. ¿Conoce alguien la marca Burco? Pues eso…sin obsolescencia programada no hay éxito.

La Unión Europea está al acecho

Recientemente, un estudio alemán estima que la obsolescencia cuesta a los hogares alemanes una media de 110€ al mes por persona, y la UE está decidida a acabar con estas prácticas.

La UE distingue 4 tipos de obsolescencia:

-La planeada: Cuando un producto tiene un diseño pésimo, con el objetivo de que se rompa lo antes posible.

-La indirecta: Cuando, por ejemplo, se pone pegamento en lugar de un tornillo para evitar su reparación, o que ésta salga más cara que comprar un aparato nuevo.

-La de incompatibilidad: Cuando las malditas actualizaciones y demás, provocan que el producto vaya más lento y no funcione bien, obligándote a comprar uno nuevo.

-La de estilo: Cuando el marketing empuja a la gente a cambiar un producto por cuestión de moda.

Además, mientras nuestros políticos se dedican a perseguir los coches diésel o a perder el tiempo hablando sobre Venezuela, lo cierto es que la obsolescencia programada crea una cantidad de residuos enorme y desproporcionada, ya que no existe una política común para tratar y reciclar estos aparatos. Además, se destruye empleo y se podría acabar con un sector entero como es el de las reparaciones. Y por supuesto, provoca que se ofrezcan productos de peor calidad.

La Unión Europea ha aprobado en 2017 una resolución para crear una etiqueta europea que incluya la durabilidad del producto, y ofrecer incentivos fiscales a quienes ofrezcan productos más duraderos, pero de momento los avances son mínimos.

Así que… ¿estamos ante una inminente regulación de estas prácticas?

Desde luego que sí. La Unión Europea está persiguiendo duramente estas prácticas y en un futuro las grandes empresas tecnológicas (Apple, Google, Microsoft, etc.) podrían tener problemas. Cierto es que la obsolescencia fomenta un desarrollo tecnológico mayor para ofrecer nuevos productos, y permite que una empresa saque un nuevo producto al mercado si el anterior ha sido un fracaso, y también permite la producción de productos más baratos, pero… si en 10 años mi Tesla no va a funcionar por no poder actualizarse, preferiré seguir con mi viejo Renault que con un buen mantenimiento se que no me dará problemas.

La pregunta está en la mesa: ¿Es la obsolescencia programada una consecuencia inevitable de sostenibilidad para las grandes empresas? ¿Qué políticas se deberían desarrollar contra la obsolescencia? ¿Llegan tarde las medidas contra estas prácticas?