Desde los éxitos de 2015 las confluencias no han dejado de decrecer electoralmente. No obstante, su peso en las políticas públicas es hoy en día más notorio.

2019 y 2020 han sido dos años bastante negativos electoralmente para la izquierda alternativa española. Este periodo ha significado también una considerable pérdida de peso institucional local y autonómico para estas candidaturas. Esta circunstancia contrasta con la valiosa entrada en el ejecutivo de Sánchez en 2020.  

            Si echamos la vista un lustro atrás, las confluencias lideraban en 2015 los principales ayuntamientos de España y poseían un mayor número de parlamentarios autonómicos y nacionales. Concretamente, en el Congreso de los Diputados llegaron a obtener 71 escaños en 2015 (Podemos, confluencias más Unidad Popular) y 2016 (UP más confluencias), que contrastan con los 35 actuales. Además, en las europeas 2014 la suma de Podemos, IU y Primavera Europea sumaba el doble que UP en 2019 (12 vs 6). Recientemente, este espacio político retrocedió en Euskadi y desapareció en Galicia. 

            ¿A qué se debe este indudable retroceso? 

            Como factores externos, debemos destacar el constante derribo mediático que sufre este espectro político desde el nacimiento de Podemos, en 2014. Asimismo, el carácter centrista del votante medio español también juega en su contra. Así, los postulados neocomunistas son: irrespetuosos con emprendedores como Amancio Ortega, tolerantes con la okupación ilegal o con la inmigración irregular, penalmente buenistas 

con los criminales, proclives a no condenar explícitamente ni del islamismo político chií ni a los regímenes socialistas autoritarios, explícitamente feministas de cuarta ola o favorables al derecho a decidir de Cataluña. Todo ello, desde luego que juega en su contra. 

            Por su parte, los factores internos son más numerosos. En primer lugar, destaca la mala valoración de Pablo Iglesias por la mayoría de españoles (2,3/10, en abril de 2020, según INEA). Su continuidad al frente de Podemos y de UP no hace más que erosionar este espacio político. Esta circunstancia recuerda mucho a la de la UPG en los peores años del BNG (2012-16): muy fuerte dentro de la formación soberanista, pero mucho más impopular fuera. 

            Los aspectos organizativos son otro foco de erosión en las confluencias. En este capítulo resaltamos negativamente la sobredimensión de la marca Podemos sobre las demás, las peleas internas en Galicia, Madrid o Andalucía, la ausencia de un sistema asambleario de elección de candidato (en contra del espíritu del Movimiento 15-M), el nepotismo familiar Montero-Iglesias o las purgas pablistas en Podemos. 

            Desde el punto de vista laboral (entendiendo el ejercicio de todo cargo público y orgánico remunerado como una profesión), muchos españoles observamos cómo algunos de los dirigentes de UP ocupan más de un puesto político con lo que transmiten una impresión de búsqueda de enriquecimiento a través de la política (muchas veces, por encima de su formación) y en contra de los propios valores socialistas. Además, siguiendo en esta línea, Podemos recientemente levantó la limitación de mandatos; a su vez, el Gobierno de Sánchez -del cual forma parte UP- incrementó considerablemente el gasto político. 

            En lo referente a estrategia electoral de agenda, esta es errónea. Frente al primer Podemos, centrado en una transformación institucional, socioeconómica y regeneracionista de España, la actual UP centra buena parte de su discurso en el feminismo de cuarta ola, en la temática LGTBI, en ayudas sociales y en la derogación de la reforma laboral. UP transmite así una imagen de izquierda repetitiva, dogmática y maniqueísta (el fuerte es el malo y el débil, el bueno), así como de ahuyentar a la población de la cultura del esfuerzo. 

            La estrategia ideológica es también equivocada. El primer Podemos, según sus líderes, no era ni de izquierdas ni de derechas. El propio Iglesias, en un mitin de 2015, preguntaba a sus fieles: ¿Qué queremos? ¿Ser la izquierda o ser la mayoría?. Hoy en día está clara la respuesta. 

            La enorme cantidad de siglas asociada a este mundo político también genera falta de solidez y confusión en el electorado: Podemos, IU, Equo, Espazo Ecosocialista Galego, GeC-Anova-Mareas, mareas locales, comunes, Ganemos, Ahora en Común, En Marea, Unidad Popular, Unidos Podemos, Unidas Podemos, Adelante Andalucía, En Comú Podem, Izquierda Anticapitalista, etc. son demasiados nombres para un breve intervalo de tiempo.

            La suma de todos estos factores ha hecho perder a las confluencias 3.019.834 sufragios entre los comicios generales de 2015 y los de 2019 (10-N).

            En penúltimo lugar, la evolución de UP recuerda mucho a la del BNG en la época quintanista durante el bipartito gallego (2005-09): pérdida de apoyos sociales que contrasta con un mayor peso institucional. Tras la derrota progresista en Galicia en 2009, ya sabemos qué pasó con el BNG: se partió en tres y se jugó su supervivencia como partido. Es verdad que las confluencias ya han sufrido escisiones (Equo, errejonistas, En Marea y Adelante Andalucía), pero si en 2024 obtienen unos resultados homologables a los de la IU de Anguita  en 1996 (21/350) o peores, no es descartable que ese proyecto estalle. 

            A mi modo de ver, el cambio de líderes, el establecimiento de un sistema asambleario de candidatos (ejemplos: En Marea, CUP), la eliminación de toda forma de kichnerismo organizativo, la renuncia formal a la lucha de clases (ejemplos: M5E italiano o el Front National francés), la búsqueda de la solidez organizativa (fusión en un solo partido), la moderación y transmisión de seriedad en fondo y forma (ejemplo: PNV), la mayor incidencia en el discurso regeneracionista (ejemplos: Equo, Movimiento RED, UPyD, CxG, C21) o la renuncia a los postulados ideológicos más controvertidos (sin perder la esencia programática) pueden construir los pilares de la remontada electoral.