La política italiana volvió ayer a medirse en las urnas para elegir a un primer ministro que le dote de una cierta estabilidad política. Desde el inicio de la última legislatura, 2013, Italia ha tenido tres primeros ministros (Enrico Letta (28 abril 2013-22 febrero 2014, Matteo Renzi (22 febrero 2014-12 diciembre 2016) y Paolo Gentiloni ( 12 diciembre 2016-actualidad)), fruto a la dificultad por formar gobierno, a las guerras internas dentro del Partido Demócrata y a los pulsos cesaristas perdidos. (referéndum sobre la reforma constitucional de Renzi)

Así pues, 46 millones de italianos estaban citados a marcar el rumbo de un país que tiene una tasa de paro del 11,1%, cinco puntos por debajo que la que presenta España (16,3%). Y lo han hecho con una ley electoral elaborada por Renzi y Berlusconi que premia a las coaliciones. Por ello, ambos líderes concurrieron a los comicios con dos coaliciones que tenían pensado unirse en el gobierno si el conglomerado de siglas del magnate italiano no alcanzase la mayoría (alrededor del 40%). Una alianza que unió al partido de Berlusconi, Forza Italia, con la Liga Norte de Matteo Salvini y con la xenófoba Hermanos de Italia de Giorgia Meloni.

Mientras, el partido que todavía gobierna Italia, el Partido Demócrata, se presentó con un Renzi cada vez menos popular, unido a dos fuerzas políticas pequeñas. El que fuera alcalde de Florencia y primer ministro, negoció hasta última hora una coalición con Pietro Grasso. Quien se escindió del PD tras la criba que Renzi realizó al ganar las primarias de la pasada primavera. Pero Grasso y distintas personalidades que también abandonaron el personalismo del florentino, rechazaron cualquier posibilidad, despejando el camino a una posible victoria de la coalición de centroderecha. La izquierda desmembrada, la derecha junta. El estribillo eterno.

Entre el centroderecha y el centroizquierda, emergió la cabeza del Movimiento 5 Estrellas. Una «libre asociación de ciudadanos» euroescéptico, ideológicamente ambiguo y que rechazaba cualquier unión con el bipartidismo. Un Podemos a la italiana que ayer ganó las elecciones. Las ganó de forma holgada, pero no necesaria para alzarse con el poder por la ya citada ley electoral. El 31% de los votos obtenidos no servirán de nada, salvo que su líder, Luigi di Maio, rompa su promesa y establezca negociaciones para pactar.

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El todavía líder del Partido Democrático, Matteo Renzi

¿Con quién? Buena pregunta. Tras el éxito del populismo del M5S, la sopresa electoral la ha dado el partido que iba a ayudar a Forza Italia a alcanzar el poder. La Liga Norte de Matteo Salvini ha obtenido un 18,6%, un porcentaje de cinco puntos mayor que el resultado obtenido por el partido de Berlusconi. Ambos alcanzan el 37,6%, rozan la mayoría, pero no la consiguen. No pueden gobernar en solitario y la solución pasa por una unión con el M5S. La posibilidad que más temen en Europa. La cuarta economía de Europa gobernada por una coalición de gobierno euroescéptica que rechaza las actuales estructuras de la Unión Europea. La otra opción pasa por una unión entre el M5S y el Partido Demócrata. Una unión más compleja por la actual inestabilidad del partido de centroizquierdas debido a la posible dimisión como líder del partido de Matteo Renzi. Una renuncia casi obligada tras el desastre electoral de un PD que en apenas cuatro años se ha dejado la mitad del apoyo de los electores. El Partido Demócrata fruto de las divisiones internas, ha perdido el apoyo de la sociedad italiana y ayer perdió a un líder que en algún momento fue la esperanza para la izquierda italiana y europea. Comienza un nuevo ciclo en Italia, un nuevo camino que parece que será liderado por el populismo, por el recelo a Europa, por la incertidumbre.