Espido Freire: escritora, profesora de creación literaria e influencer. Ganadora del Premio Planeta (1999), Ateneo de Sevilla (2007) y Azorín (2017).

Xose Martínez Contreras: Bienvenida a la sección de Meditaciones de Polileaks. ¿Cómo te ha impactado la crisis de la pandemia y qué crees que nos puede deparar esta Nueva Normalidad?


Espido Freire: A diferencia de muchos otros pensadores que afirman que lo vieron venir, para mí la gravedad y la duración de la pandemia fue inesperada. Menosprecié la gravedad y sobre todo el impacto en el tiempo.

Hubo un momento puntual en el que me eché a llorar en la cocina de mi casa, cuando me di cuenta de la gravedad de todo lo que venía. Volvía a tener la impresión de que nada estaba en mis manos. Me sequé las lágrimas y dije: “Ya está, se acabó. A partir de ahora hay que enfrentarse a un día de cada vez”.

Hay dos principios que he intentado seguir: el que no existieran quejas por mi parte, es decir, una empatía por la gente que realmente se encuentra en una circunstancia de necesidad; y, por otro lado, un mensaje constante de ánimo centrada en aquello que está en mi mano, que es contar historias y transmitir un mensaje de esperanza.


X.M.C. Todo esto ha sido una bofetada que ha producido una sensación de incertidumbre muy grande y, en particular, una lección de humildad para los países occidentales, porque en otras partes del mundo han sufrido con enfermedades como el virus del Zika o del Ébola en el pasado reciente.
Dicha incertidumbre ha generado un caos en el que mucha gente se ha sentido cómoda para alimentar teorías de la conspiración. Nos hemos creado tantas zonas de confort que nos habíamos olvidado de que la incertidumbre seguía existiendo.


E.F. Lo que comentas es muy interesante porque, aunque no todo el mundo piensa lo mismo, si que, por primera vez, tenemos la conciencia de que grandes grupos estamos compartiendo la misma experiencia. No ha habido un evento en mi vida, hasta ahora, que dure tanto tiempo y que sea tan democrático. Es decir, una situación en la que todos nos hemos visto involucrados a la vez y con las mismas consecuencias, independientemente de nuestra edad, género, poder adquisitivo, nivel cultura, etc. Eso es particularmente fascinante porque rompe con algunos prejuicios que teníamos respecto a quiénes éramos.

Tú has hablado de uno de esos prejuicios: “Esto no nos pasa a nosotros”. Se ha abierto una puerta muy perturbadora a los diferentes índices de pobreza, desigualdad y miseria que tenemos en nuestra sociedad y que nos empeñamos en obviar.

El caos es cómodo para quién no tiene discurso y resulta contagioso. Lo contrario a esa instauración del caos es una reflexión mesurada que ahora mucha gente rechaza. Observamos dos tipos de rechazo que nunca sospeché que llegaría a experimentar: uno es hacia la autoridad, una desconfianza de lo que nos dicen desde el poder. Se ha introducido una semilla de sospecha, no solamente a quiénes dirigen el país políticamente, sino también hacia otro tipo de autoridades como la científica.


X.M.C. Está siendo un período excepcional.


E.F. Para quién tenga un mínimo de curiosidad antropológica, si dejamos de lado el dolor y el sufrimiento multitudinario, está siendo un período extraordinariamente interesante, y quizás también lo sea por ese dolor, porque nos obliga a quiénes trabajamos con las ideas a no perder el eje de la empatía y la humanidad.


X.M.C. Hay que intentar ver donde hay un problema, una oportunidad. Esta crisis es un germen para la creación de mucho contenido científico y artístico.


E.F. No solamente en esos planos, sino también en otros aspectos que ni siquiera estamos sospechando. Por ejemplo, los niños. Sus recuerdos de un año estarán ocupados por esta experiencia. También la idea de un recorte de libertades (voluntaria y aceptada), que todos hemos experimentado. La limitación al acceso sanitario.

¿Qué consecuencias tendrá todo eso? Ahora tenemos culpables a los que señalar, como el propio virus, pero cuando desaparezca ¿a quién vamos a culpar?


X.M.C. La respuesta parece clara: al ser humano. El problema será la solución. Independientemente de la responsabilidad que tenga cada uno (políticos, empresarios, trabajadores, autónomos, etc.), hay determinados comportamientos que constatan nuestra tendencia a elegir una explicación mediante la superstición y la mitología.
Este aspecto también se ve reflejado en tus libros, así como la fascinación que tiene la gente por modelos de conducta no ejemplarizantes. La literatura ha ayudado a confirmar esta hipótesis sociológica.


E.F. Enlazado con el punto de las explicaciones mágicas o simbólicas, yo partía de un hecho: aquello que estamos viviendo ahora solamente ha sido abordado por parte de la población mediante la ficción. Es decir, la referencia inmediata eran películas o series catastróficas.

Respecto a los científicos, la mayoría de nosotros no tenemos un acceso directo a ese tipo de perfil. ¿Qué referencia tenemos? La misma que la de los escritores, la que aparece en libros y películas. Cuando sale un virólogo a hablarnos, lo comparábamos con y le exigíamos que se comportara con esa relación causa-efecto que aparece en las películas y las novelas. Parte de la insatisfacción actual se basa en que lo que se arreglaba rápidamente en la ficción, se está desmoronando de manera insospechada en la realidad.


X.M.C. Con respecto al sistema educativo, considero que no se recuerda lo suficiente que el conocimiento científico precisamente lo es porque es falsable y, por lo tanto, se puede rebatir. En el caso español, hecho en falta un consenso sobre cómo debería incentivarse un pensamiento crítico.


E.F. En los últimos años nos han sobrado reformas educativas. Efectivamente, arrastramos una serie de deficiencias ya históricas. Una de ellas tiene que ver con lo que has comentado, el espíritu crítico, pero también hemos reducido el papel que las Humanidades y el pensamiento articulado tiene en nuestros niños. También hay un porcentaje importante de población que no ha participado más allá de la secundaria. Eso no significa que sean incultos, sino que la manera de absorber la información no ha dependido de la educación, sino de formación autodidacta. Como consecuencia, se cronifican grandes problemas como el abandono escolar, el primar la productividad por encima del conocimiento, etc.


Todo aquello que nos desvía de un pensamiento lógico, ilustrado y humanista cobra mucho poder. El entretenimiento, la manipulación, el ocio, etc. Por ejemplo, la polarización política que se observa en EE. UU. provoca que cada vez sesguemos más nuestra propia fuente de información. Buscamos más, pero nos quedamos con aquello que confirma nuestras ideas preconcebidas. Eso es preocupante porque no hay voces discordantes, sino extravagantes. Los discursos críticos que podrían matizar y alejarnos del blanco y negro prácticamente no tienen eco.


X.M.C. También hay una responsabilidad individual para interesarse por la mejora del sistema educativo. Un poco el enfoque de “tenemos lo que nos merecemos”.


E.F. Tengo la certeza de que en ningún momento de la historia ha habido tantos padres preocupados por la educación de sus hijos. Se tienen menos hijos, el valor de la vida de los niños ha aumentado y con ello la preocupación por su bienestar. Precisamente porque hay mejores padres, los que no son tan buenos o responsables destacan de una manera tan llamativa.

Cuando olvidamos que la educación es una coeducación social que tiene lugar no sólo por parte de los padres o de los profesores, sino también del resto de la comunidad cometemos un enorme error. Son seres humanos que viven en una comunidad. El problema es que esa comunidad cambia constantemente de objetivos.


X.M.C. Lo que nos lleva a la fase vital después de los estudios: la vida laboral. Una mala gestión de la ambición laboral puede conducir a trastornos mentales. ¿Cómo has vivido esto en tu caso personal?


E.F. Hay una paradoja muy curiosa en esta sociedad, una sociedad hiper productiva en la que se culpabiliza al individuo de su propia pobreza o mala salud. Es cierto que tenemos un margen de acción para hacernos responsables de nuestras acciones, pero no todo está en nuestras manos. Se refuerza la exigencia extrema, y se supone eso nos debe llevar a la felicidad. Mi constatación personal es que no es así. La satisfacción por conseguir logros se vuelve cada vez más breve y pasajera.


Durante mucho tiempo logré mantener un equilibrio entre aquello que me hacía feliz y lo que estaba llevando a cabo. Tenía mucho que ver con el reconocimiento ajeno. Pero hubo un momento que coincidió con una evaluación social permanente que fue la anterior crisis [por la del 2008], en lo que todo aquello en lo que yo basaba mi identidad comenzó a desmoronarse porque el trabajo desapareció. Mi propia necesidad de generar más me dejó agotada. Me conté una historia a mí misma que no era cierta: yo había fracasado por ignorante, o porque no era suficiente. Luego me di cuenta de que esa historia era solo parcialmente cierta. Existieron muchas circunstancias que no estaba a mi alcance solventar. Eso suponía aceptar que no tenía el control de todo. A mí esa exigencia extrema me costó fue una depresión. Tenía la certeza de que, sin un cambio decidido, yo continuaría en esa situación de infelicidad insoportable.

Ahí fue cuando un trabajo intensivo de terapia, incluso de hábitos, y la reflexión, se convirtieron en decisivos en mi vida. Si existe un problema psicológico, hasta que no cambies ese patrón mental ese problema va a perdurar. El esfuerzo del cambio, que a priori es muy difícil, resulta tremendamente agradecido.


X.M.C. Normalizar la salud mental.


E.F. En los últimos meses se ha hablado mucho de la ansiedad, una de las emociones más incómodas que he experimentado nunca. No soy psicóloga, ni aspiro a serlo, pero soy consciente de que si se habla de ello con cierta sensatez, se logra algo positivo, se normaliza y se puede debatir. Merece la pena buscar ayuda e ir a terapia.


X.M.C. Para acabar quería tratar el tema de la melancolía (la cual exploras en tu libro “De la melancolía”) y la morriña. A lo mejor estoy confundido, pero mi opinión es que tiene que ver con una concienciación de la mortalidad. Uno se da cuenta realmente que es temporal y perecedero, pero al mismo tiempo uno se autoexige más para dejar un legado.


E.F. Yo era muy sensible a la idea de “Tú puedes con todo”. Lo que estás diciendo es muy interesante porque con 30 años uno comienza a darse cuenta mentalmente de que no es joven, pero con 40 los que se dan cuenta son los demás, y eso es terrible. (Risas) Los jóvenes te identifican con valores o fórmulas de otra generación.


X.M.C. …y con una determinada jerarquía.


E.F. Exactamente. Te miras al espejo y dices: Pero si sigo siendo la misma. No, no eres la misma. Sin embargo, hay que favorecer la interacción entre generaciones. Te das cuenta de que la muerte ya no es una abstracción. Ahí es cuando te preguntas: “¿Qué va a ser de mí?” En esa lucidez es donde yo encuentro consuelo y otras veces desesperación. Aceptar que todo se acaba ¡qué gran alivio es a veces! Y, en otras ocasiones, ¡qué gran rebeldía supone el no querer que se acabe la vida!


X.M.C. Si quisieras añadir alguna conclusión con respecto a qué podemos aportar a esta Nueva Normalidad …


E.F. Hace unos meses tuve un curso en la UPV, en la que yo era profesora, que dirigía el psicólogo Javier Urra. Él planteó qué teníamos que decir en estos momentos. Yo aporté que más importante que hablar ahora mismo es callar , es decir, el silencio. Una reflexión meditada hace más falta actualmente que el exceso de opiniones, que es ensordecedor.
No tengo opinión de todo, ni quiero tenerla. Para que esa opinión se construya y podamos aportar algo a los demás, debe que haber momentos de crecimiento, y no se crece hacia afuera. La idea del “no hacer” creo que puede ser más interesante como efecto calmante ante tanto ruido.


X.M.C Ha sido un auténtico placer, muchas gracias por tu tiempo.


E.F. El placer es mío, me he sentido muy cómoda.