Martín Portos: politólogo y docente. Investigador en Ciencia Política y Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid con el programa CONEX-Plus Marie Curie. Autor de “Grievances and Public Protests. Political Mobilisation in Spain in the Age of Austerity” (Palgrave Macmillan, 2021).

Xose Martínez Contreras: ¿Cómo te impactó y cuál fue tu análisis de la primera ola de la COVID-19?

Martín Portos: El fin de semana del 21 de febrero de 2020 estaba de turismo en Ferrara, norte de Italia. El viaje de ida entre Florencia, donde vivía, y Ferrara, transcurrió con normalidad. Cuando hice el viaje de vuelta, el domingo 23, el tren parecía un “reality show”. Mucha gente llevaba mascarillas y entré en una película, un universo paralelo de sospecha, desconfianza y miedo entre las personas.

 Soy una persona muy preocupada por la salud y sentí bastante inquietud al estar separado de la familia durante la primera ola. Entre otras cosas, la epidemia demostró que quién pensaba que el Estado-nación estaba muerto había, como mínimo, exagerado.

X.M.C. ¿Cómo te afectó particularmente?

M.P. En un año normal, doy dos vueltas al mundo por motivos laborales y la pandemia afectó radicalmente a mi forma de vida. Por ejemplo, he tenido que hacer workshops académicos telemáticamente. En mi sector, esta pandemia va a reubicar muchos planes. Dicho esto, me siento un privilegiado porque la Covid-19 no ha golpeado mi fuente de sustento, que no es poco.

X.M.C. Con respecto a la democratización del virus, vimos cómo varias figuras públicas como Boris Johnson o Donald Trump estuvieron contagiadas, pero al mismo tiempo, se ha observado que la gestión personal de cada caso no está democratizada al verse condicionada por diferentes niveles de vulnerabilidad. Poner el foco en analizar qué tipo de recursos materiales e inmateriales tiene un ser humano para prevenir y gestionar una enfermedad como esta.

M.P. Yo creo que la democratización de la pandemia no existe. Lo que tenemos son desigualdades. Tu capacidad para contagiarte depende en gran medida de tus condiciones socioeconómicas. No es lo mismo que vivan dos personas en 60 metros cuadrados que lo hagan ocho en el mismo espacio. No es lo mismo tener un empleo que puede transformarse en teletrabajo que perder el propio empleo. No es lo mismo trabajar regladamente que hacerlo en el submercado (y por lo tanto no tener ningún tipo de protección social). No es lo mismo poder pagar un seguro médico privado que no poder pagarlo. No es lo mismo vivir en un barrio obrero que en otro vecindario con otro tipo de densidad poblacional.

Por lo tanto, a mi juicio la democratización de la COVID-19 no existe. Tampoco en la salud pública en general. Esto se ve reflejado en la disparidad de la esperanza de vida en determinados países, condicionada también por barrios y clases sociales. Tampoco hay democratización en cómo experimentas una situación como la actual, independientemente de estar contagiado o no. Este tipo de crisis puede ahondar dichas desigualdades.

Un ejemplo de esto es el sistema educativo. La escuela es un gran mecanismo corrector de desigualdades, en el sentido de proveer a todas las personas un mínimo de herramientas y oportunidades. No obstante, hay desigualdades y reproducción de élites en los centros educativos. Durante la primera ola, la escuela resistió de forma online, pero esta función reductora de desigualdades difícilmente se puede hacer desde el contexto familiar de cada estudiante.

X.M.C. Se banalizó la naturaleza de la crisis de la pandemia sólo a un problema sanitario o político. Está claro que el carácter principal es sanitario, pero como investigador en ciencias sociales, ¿cuál es la importancia del carácter multidisciplinar de una crisis como esta y trabajar en la prevención de futuros problemas?

M.P. Soy un defensor de los equipos multidisciplinares y de ese tipo de investigaciones para atajar una crisis con múltiples dimensiones como esta. Es una crisis sanitaria, pero con claras repercusiones sociales, económicas, políticas, etc.

En nuestro caso, para los politólogos, esta es una crisis sociopolítica de primer orden tanto en el plano de la desigualdad como de confianza en las instituciones, la toma de decisiones y la gestión pública. Sin embargo, dentro del drama general, y lo digo desde un punto de vista corporativo, para los investigadores creo que ha tenido algún aspecto positivo. Está aumentado la concienciación social acerca de la importancia de la investigación (la campaña orientada a destinar el 2% del PIB español para invertir en Ciencia es un ejemplo).

X.M.C. Pero…

M.P. … que también tiene un riesgo. La Ciencia tiene una lógica distinta y (a veces) incompatible con la política y las demandas de los ciudadanos. La ciencia es el arte de la duda, en buena medida, y el arte de la refutación. Tienes que obtener unos resultados que, a su vez, tienen que ser replicados y están constantemente sujetos a la duda. La política tiende a lo opuesto: tomar una decisión rápida, efectiva y que no esté sujeta a duda. La ciencia es lenta, el trabajo de acumulación de conocimiento es lento. Son muchas mentes, recursos y horas de trabajo para proporcionar dicho conocimiento. A veces la política no puede esperar a la ciencia, y esto también es una autocrítica como ciudadano porque, a veces, yo castigo al político por la lentitud en la toma de decisiones. Los científicos no se ponen de acuerdo porque mientras no existan resultados claros, fehacientes, verificables y contrastados no se puede llegar a un consenso.

De todos modos, a nivel social, creo que la ciencia— y la tarea del científico— está recobrando envergadura. Creo y espero que no se deleguen por parte de los Estados-nación estos aspectos a cuerpos transnacionales, al menos mientras no haya un organismo transnacional que tenga autoridad en estas materias sanitarias. En otras palabras, España tiene que invertir en Sanidad y Ciencia, no puedes esperar a que venga Europa a salvarte en estas áreas.

X.M.C. Se erró en darle mayor visibilidad a la falsabilidad de la Ciencia en la esfera política, y eso si es algo que se puede gestionar desde un ámbito público. En otras palabras, faltó mayor profesionalización política.

M.P. Como politólogo, sí que es cierto que uno echa de menos un poco de talante y de sentido de Estado. Creo que en España existe una gran polarización y un talante no-constructivo, más que un problema de profesionalización de la política en sí misma. Veo una lógica de política de trincheras. Dicho esto, añado, como diría Habermas, en las democracias representativas contemporáneas, los políticos son representantes de la sociedad civil, nos guste o no.

La pregunta es, si pongo a un político más profesionalizado, ¿qué recorrido electoral tendría en España? No lo tengo claro. Por ejemplo, hay sectores de medios de comunicación que ensalzan la figura de Alfredo Rubalcaba (“ojalá tuviéramos un Rubalcaba en el Gobierno, con ese sentido de Estado”). Él ya fue candidato y obtuvo, en su momento, unos resultados electorales muy malos para el PSOE. Nosotros, como sociedad civil, somos los primeros en castigar ese tipo de figuras super-profesionalizadas. ¿Qué recorrido tendría una Merkel en nuestro país?

X.M.C. A riesgo de ser demasiado “descartesiano”, pero poniendo la duda ante todo, ¿cuál es el punto intermedio entre ser crítico con nuestro país, pero al mismo tiempo ser constructivos para modificar este tipo de comportamiento?

Cada vez que un grupo parlamentario de la oposición ha presentado una moción de censura en España, se ha visto que la reacción del votante se centra más en el lado destructivo de esa herramienta constitucional en vez de reflexionar sobre la propuesta alternativa.

M.P. Es cierto.

X.M.C. Hablemos un poco de política internacional. Mencionabas antes la inacción del gobierno español frente a desafíos sanitarios y su pasividad para que un elemento supranacional tome las riendas (la Unión Europea en este caso). Es especialmente interesante ver cómo se pone de manifiesto las consecuencias de cómo se ha realizado la construcción de un proyecto comunitario basado sobre todo en la libertad económica y los movimientos migratorios, pero con voces discordantes a un proyecto jurídico común (y ahora también sanitario). ¿Cómo ves esta confluencia y/o trasvase de poderes entre Estado-nación y organizaciones supranacionales?

M.P. Las crisis, habitualmente, hacen más fehacientes las tensiones existentes entre los diferentes niveles de gobernanza. A mí me gustaría ver un grado de coordinación y de transnacionalización más elevado, en particular con respecto a las políticas de reconstrucción de la pandemia.

Un amigo que es experto en democracia deliberativa me comentaba que a hemos aprendido de la Gran Recesión de 2008. Desunidos o con política de bloques (Norte-Sur, por ejemplo) no avanzamos. La U.E. podría salir reforzada porque en esta ocasión sí tomó medidas, por lo menos económicamente, a pesar de que han estado lastradas por su lentitud.

También está el tema de las políticas migratorias. Es un problema particular en el sentido de que se necesita, no sólo de la colaboración de Estados Miembros de la U.E., sino particularmente de la cooperación de países que están fuera del proyecto comunitario; y esto es muy delicado. Es un asunto muy delicado porque hay que tener en cuenta las sensibilidades de cada gobierno de los Estados Miembros, que son muy distintas. Es un problema complejo dentro de una sociedad interconectada y que hace más complicado el desarrollo de la Unión Europea como un bloque.

X.M.C. Los movimientos migratorios son un problema que parte de un error de base conceptualmente. Van a producirse siempre flujos migratorios desde el momento en el que persisten determinados niveles de pobreza tanto absoluta como relativa.

Además, la gestión actual de la migración tiene otro problema fundamental y es la exclusión de la figura del trabajador. Mientras una persona, una vez que llegue a un país, no pueda aplicar a un número de la seguridad social, tener un contrato laboral reglado y que pueda pagar impuestos directos, la situación se enquista, porque es a partir de ese momento en el cual una persona pueda estar en igualdad de condiciones.

M.P. Estoy de acuerdo, si hay pobreza, hay flujos migratorios; pero también si hay conflictos bélicos. Asimismo, debemos tener en cuenta que dichos movimientos se producen en un contexto de globalización. ¿Te acuerdas de la teoría clásica de los cleavages [término para ruptura o división social] políticos?

X.M.C. Por supuesto: industrialización, urbanización, secularización y construcción del Estado.

M.P. Pues ahora se habla de un quinto cleavage: integración-demarcación en relación a las dinámicas de globalización. Este cleavage es muy útil para entender la realidad actual, son las hendiduras sociales que estructuran una población: por un lado, quien quiere más integración, más transnacionalización; por otra parte, quien quiere más demarcación, más proteccionismo.

X.M.C. De hecho, el objetivo final sería que un movimiento migratorio se produjese sólo por decisión voluntaria sin estar condicionado por ninguno de estos cleavages. Por ejemplo, desplazarse para adquirir nuevas experiencias vitales o ampliar conocimientos.

M.P. Efectivamente.

X.M.C. Teniendo en cuenta el carácter multidisciplinar de la Ciencia Política, ¿cuál es la capacidad de un politólogo para desarrollar su profesión después de graduarse?

M.P. Me pregunto, ¿cuáles son las expectativas laborales?, ¿qué hace un politólogo? Depende de cómo lo interpretemos. La salida número uno, que es la minoritaria, es la investigación y la docencia. Un porcentaje de graduados de nuestra promoción pudo dedicarse a este campo [Martín y yo somos compañeros de la promoción del Grado 2007-2011 de la Universidade de Santiago de Compostela].

Luego tenemos la segunda salida, que sería trabajar en la Administración Pública. Aquí estuvimos particularmente penalizados por varios motivos. Entre 2011 y 2014, en España la situación fue terrible para preparar oposiciones. Las convocatorias de ofertas públicas de empleo descendieron drásticamente.

Por último, si bien nuestro Grado tiene un componente de Gestión Pública muy potente, también lo tiene de gestión en general. Esto permite enfocarte en sectores como RRHH, consultoras, y sector empresarial y comercial en general. Esta realidad es deudora de la estructura del Grado con un carácter muy multidisciplinar, era mucho más que el estudio de la politología en sentido estricto; teníamos nociones de historia, sociología, derecho, estadística, economía política, gestión, etc. Así pues, es normal que los intereses y las salidas profesionales del alumnado se agrandasen. Al fin y al cabo, los que podemos vivir de la Ciencia Política somos unos pocos privilegiados.

Pero para poner una nota optimista, lo que percibo es que mucha gente de nuestra promoción, no sólo sigue interesada en la política, sino que, de un modo u otro, se labró un futuro. En la USC tuvimos una formación muy sólida.

X.M.C. Realidad que a mayores confluyó con diversas crisis (el cambio al plan Bolonia, la Gran Recesión del 2008, la fuga de cerebros españoles, etc.) que no facilitaron la transición entre el mundo académico y laboral.

M.P. Para añadir un matiz positivo, hay que decir que las nuevas promociones de CCPP, como por ejemplo el alumnado que tengo en la Carlos III de Madrid, reflejan un mayor dinamismo del que teníamos nosotros hace una década, en términos de experiencias vividas, viajes al extranjero, oportunidades para realizar prácticas, etc. Además, he percibido un cambio; varios politólogos/as, entre los cuales varios colegas de mi departamento, han adquirido gran notoriedad pública a lo largo de los últimos años a través de blogs divulgativos, presencia en medios, etc. Así, muchos estudiantes se animan a estudiar ciencia política con referentes claros. Cuando tú y yo empezamos a estudiar Ciencia Política difícilmente teníamos un modelo de politólogo a seguir.

X.M.C. Nos quedamos con esa nota positiva. Desde aquí abogamos por un diálogo intergeneracional entre politólogos que se vea reflejado en la sociedad civil. Un auténtico placer, Martín, que seas tan buen representante de nuestra promoción tanto a nivel de investigación como humanamente.

M.P. Muchas gracias por las palabras. El placer ha sido mío y la labor de divulgación politológica que haces, Xose, es muy importante.