En noviembre de 1990 la OTAN y el Pacto de Varsovia sellaban el Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales, poniendo así fin oficialmente a la Primera Guerra Fría (1946-1990). Comenzaba así un período de más de tres décadas en el que nunca existió una sensación de amenaza de guerra mundial. De entre todos estos años destacamos los Felices 90 como la década considerada como más feliz de la historia de la humanidad por muchos ciudadanos de nuestra civilización ya que a la sensación de paz se unía el bienestar económico de la mayoría de la población de Europa occidental y Norteamérica. Pero en treinta años ocurrieron sucesos que truncaron esa felicidad: la sensación de amenaza terrorista yihadista desde 2001, una Gran Recesión (2008-17), una pandemia (2019-) y una vuelta a la bipolaridad geográfico-política a nivel mundial (2022-).

Uso el término guerra fría ya que actualmente, a mi modo de ver, se dan los condicionantes para la adopción de dicha terminología: no existe un conflicto militar directo entre las superpotencias, el enfrentamiento bélico tiene un carácter localizado en al menos un país, se forman bloques de poder enfrentados entre sí por motivos geoestratégicos y hay una actitud de amenaza por parte de uno de los actores principales.

En este artículo vamos a analizar las analogías y diferencias entre ambos conflictos, comenzando por las primeras:

El primer punto en común concierne a los sujetos políticos, que son los mismos que protagonizaron la Primera Guerra Fría: democracias occidentales y prorrusos.

El segundo paralelismo lo encontramos en el mes de inicio de cada guerra fría: febrero. La Primera empezó formalmente un día 12 de dicho mes de 1946, cuando se inició la guerra civil griega entre comunistas y anticomunistas (1946-49), con victoria de los segundos. Como sabemos, esta vigente Segunda Guerra Fría se inició un 24 de febrero de 2022 con la invasión rusa de Ucrania.

La tercera analogía la hallamos en la existencia de un país europeo cuyo control es disputado por ambos bloques (occidental y prorruso). Si en los años 40 el actor protagonista era Grecia, hoy lo es Ucrania.

El cuarto elemento en común lo encontramos en la presidencia de Estados Unidos: Truman (1945-53) vs Biden (2021-). Ambos fueron vicepresidentes (Truman, en 1945; y Biden, entre 2009 y 2017) antes de llegar a la Casa Blanca. Además, ambos habían estado envueltos en actuaciones militares controvertidas: el lanzamiento en 1945 de bombas atómicas a Japón (Truman), por un lado; y el rol neoimperialista de la Administración Obama durante la pasada década en las guerras de Siria y Libia (Biden), por otro.

En lo que respecta a los líderes del espacio ruso (Rusia fue un Estado confederado durante el período de la URSS, entre 1921 y 1991), ambos llegaron a las dos guerras frías después de un número de años de liderazgo de su país prácticamente idéntico. En 1946 Stalin (fallecido en 1953) llevaba veintidós años siendo el hombre fuerte de la URSS. Por su parte, Putin lleva veintitrés entre presidente y primer ministro.

La sexta analogía la apreciamos en el contexto político-internacional de los países de Europa occidental: cada vez más débil y dependiente de Estados Unidos, pero fuertemente unidos entre sí ante la amenaza rusa: tal y como sucede hoy, y como ya ocurrió en 1948 con la creación de la militarista Unión Europea Occidental.

En séptimo lugar, actualmente aparecen en escena países no adscritos a ningún bando cuya situación a nivel geopolítico es idéntica a la de hace tres cuartos de centuria. Así, Serbia -aliada de Rusia entre 1878 y 1918, y desde la muerte del no alineado Tito en 1980- se mantiene igualmente neutral, como después de la II GM.

Austria mantiene también su aparente equidistancia, al igual que Suecia.

Por su parte, Finlandia sigue manteniendo una incómoda relación con Rusia fruto del proceso de finlandización durante la Primera Guerra Fría, durante la cual perdió un 10% de su territorio y decidió no entrar en la OTAN a cambio de no ser invadida por URSS antes y por Rusia hoy.

En octavo y último lugar, el nacionalismo antirruso y anticomunista (ucraniano, lituano, letonio, estonio, moldavo, checo, eslovaco, húngaro y polaco) ha aflorado hoy en los países de Europa oriental. Del mismo modo, esto sucedió tras la II Guerra Mundial cuando la URSS ocupó los cinco primeros territorios defendidos por tales nacionalismos y convirtió en satélites a los tres últimos (Checoslovaquia, Hungría y Polonia).

Evidentemente, también encontramos diferencias respecto a finales de los años 40 y comienzos de los 50 del siglo XX. En primer lugar, actualmente no existe el Pacto de Varsovia (disuelto en 1991) y Rusia es hoy independiente y su gobierno no es comunista ortodoxo, sino estatalista, conservador y ultranacionalista.

En cuanto a Alemania, hoy solo hay una, mientras que en 1949 se crearon dos: la RFA, democrático-capitalista; y la RDA, autocrática y comunista.

Respecto a los países de Europa oriental observamos otra diferencia: a finales de los 40 toda Europa oriental (salvo Grecia) era comunista. En la actualidad no queda ningún país comunista en Europa y abiertamente prorrusa solo lo es Bielorrusia.

En el caso de la República Popular China, el apoyo al bloque soviético de la China socialista de Mao hasta la muerte de Stalin contrasta con la aparente neutralidad de Xi Jinping; quien, además, lidera actualmente una nación que de comunista poco más tiene que el nombre.

Y, por último, la península de Corea carece hoy en día en este conflicto del protagonismo que tuvo hace siete décadas.

En conclusión, observamos similitudes y diferencias entre las dos guerras frías: el estrechamiento de las relaciones entre los países europeos, así como entre estos y Estados Unidos entre las similitudes; y el hecho de que hoy Rusia es ultranacionalista, autoritaria y conservadora en el apartado de las diferencias. Y que vuelve a enfrentarse al bloque occidental buscando revivir la gloria del extinguido Imperio ruso y del poderío internacional de la URSS.